Tenía unas manos suaves. Cuando alguien entraba en la oficina de la Cocina Económica él se levantaba y lo saludaba con un apretón de manos con energía impropia de una persona de su edad. Hacía un lustro que ni veía ni oía bien. Leía ayudándose de una lupa y hablar con él nos exigía levantar un poco la voz. Para él estos problemillas no suponían limitación alguna a su quehacer diario. Su cabeza funcionaba igual de bien que 40 años antes.
Era un hombre especial, bondadoso, solidario, humilde, cariñoso, afectuoso, trabajador como nadie. Le conocí en 1994. Me impresionó su vitalidad, su lucidez y sobre todo las ganas con las que seguía acudiendo a la Cocina. Allí empezó a trabajar un 1 de noviembre de 1939. No dejó de hacerlo hasta dos días antes de su muerte.
Fernando Suárez es una figura irrepetible. Nunca disfrutó unas vacaciones. Trabajaba todos los días, de lunes a domingo. Y lo hacía para que los más necesitados tuviesen un plato de comida caliente. A ellos les regaló su vida. Ni la época de las cartillas de racionamiento, ni los malos momentos económicos frenaron su dedicación. En la Cocina lo hizo todo: preparó comida, ayudó a servirla, promocionó la entidad, buscó colaboradores, hizo socios, la administró con suma diligencia y la presidió. Fue el aval de la institución y su persona era la garantía de una donación bien empleada. No se puede entender la Cocina Económica sin Fernando Suárez. Tampoco la idea de beneficencia en La Coruña.
Su éxito como gestor y su labor como benefactor deben ser públicamente reconocidas. No basta una pequeña calle o una placita de nuevo diseño. Quien ha dedicado toda su vida a los demás, quien ha sido adalid de los servicios sociales de esta ciudad merece un reconocimiento que esté a la altura de los valores y de la humanidad que Fernando Suárez representó. Nos dejó a los 93 años, el pasado 4 de enero, domingo. Fue a las 14:30. Esperó a que Óscar Castro, su colaborador, acudiese al hospital a informarle de que un día más, como siempre, la Cocina Económica había cerrado sus puertas prestando sus servicios con normalidad. Y lo hizo a su manera, en la intimidad de su familia y sus amigos. No vio cumplidos dos deseos: celebrar el 125 aniversario de la entidad y construir un albergue para que nadie durmiese en la calle. La Cocina Económica lo conseguirá, en su nombre y para su memoria.
Me quedo con un comentario que a raíz de su fallecimiento he leído en la red, “no llegan las palabras, salen en la garganta” y añado “y brotan de los ojos”. Descanse en paz.
Por Francisco Rey (Secretario de la Cocina Económica) Artículo publicado en “La Voz de Galicia” el sábado, 31 de enero de 2009. |