Y desde entonces la labor realizada por la Cocina Económica de La Coruña fue imparable. Entonces fueron acuñadas y troqueladas monedas de latón sin curso legal, que adquirían las familias pudientes y coruñeses caritativos en general, los cuales entregaban en la vía pública a los mendigos y gentes menesterosas que pedían limosna y con ellas iban a la Cocina Económica (eran de 5 y 2 céntimos), donde a cambio de la moneda recibían una ración de comida, en suficiente cantidad para que no pasasen hambre el resto de la jornada. En el anverso figura la Torre de Hércules, con la leyenda: “Cocina Económica”, y en el reverso: “Fundada en 1886”.
La primera Junta de la Cocina la presidía don Antonio Lens Viera, farmacéutico instalado en la calle de San Andrés y honrado y fervoroso republicano, que rigió los destinos de dicha Cocina hasta 1933, cerca de medio siglo y en su afán de mantener una trayectoria limpia y ejemplar de servicio a los coruñeses necesitados, la benéfica entidad, por falta de recursos, suscripciones y subvenciones, tuvo que cerrar al año siguiente, pero la Junta siguió funcionando y merced a su tesón y esfuerzo reanudó sus actividades. Para la caridad y de la caridad estuvo viviendo la Cocina Económica y en momentos muy difíciles como los de la pérdida de Cuba y Filipinas en que la Cocina Económica tuvo que atender a tanto repatriado, enfermo, expulsado y en la miseria, que llegaban al puerto coruñés como si fuese su tabla de salvación. Y la Cocina se las veía y se las deseaba para hacer frente a tanta demanda de socorro. El local no era confortable y las instalaciones culinarias eran muy primitivas, en tanto que los empleados de la Cocina pasaban frío en el invierno. Pero nuevas ayudas volvieron a imprimir dosis de optimismo a la Cocina Económica, que cobró nueva vida al pasar del siglo XIX al XX. Los gastos para mantener la Cocina eran cuantiosos pues los artículos alimenticios habían encarecido y tenían que ser abonados en el momento de su adquisición. La situación económica no era boyante porque la mayoría de las cuotas eran de 1 o 2 reales. Por entonces eran repartidas, diariamente, de 700 a 900 raciones de comida, enorme demanda por falta de trabajo y la estrechez con que vivía el obrero. Por un perro chico (cinco céntimos) los usuarios de la Cocina tomaban una taza de caldo y por un patacón (diez céntimos) un plato de bacalao con patatas o de potaje con arroz, habas, garbanzos o lentejas. Por quince céntimos podía comer un plato de carne guisada. En cuanto a bebida, por cinco céntimos más, el beneficiario podía beber un vasito de vino, y por diez, uno un poco mayor. Más de un pobre vergonzante derramó 1ágrimas de amargura en 1os locales de la Cocina, entristecidos por su suerte. Prácticamente se vivía al céntimo cada día. Y así fueron pasando los años en que la Cocina fue superándose de sus tiempos malos y al iniciarse la Primera Guerra Europea, la Cocina pasaba por buenos momentos; su situación económica, era óptima sin que esto quiera decir que fuera boyante. Una serie de personajes coruñeses tomaron conciencia de la labor que estaba desarrollando la Cocina Económica, así como entidades bancarias, empresas, sociedades de recreo, colectividades, entidades, corporaciones, organismos. Sus donativos y subvenciones suponían un notable incremento en los ingresos a favor de la Cocina Económica.
Manuel Rodríguez Maneiro (La Coruña, Diciembre de 2005) |